ENTREVISTA MINUTO COLOMBIA

“Gracias a Dios estoy vivo”: Álvaro Herrera Melo víctima de violencia estatal en el paro nacional

El estudiante nos contó en una entrevista exclusiva el minuto a minuto de su captura ilegal.
miércoles, 2 de junio de 2021 · 12:34

Álvaro Herrera Melo es un joven de 25 años, estudiante de música de la Universidad del Valle. Cursa el décimo semestre y es el séptimo de nueve hijos donde su madre es cabeza de hogar. Viene de una familia humilde y trabaja como cualquier colombiano para salir adelante.

Se califica a sí mismo como un “ciudadano que habla de política y cultura”, y ha apoyado la protesta social con su arte y su música desde que inició, porque considera que "la clase política no hace nada por el progreso del país".

Sale a las calles porque "la crisis social no da más" y porque su gremio (el artístico) se ha visto muy afectado por la pandemia y no ha recibido apoyo del Estado. Alza su voz por aquellos que no la tienen, para que todos puedan acceder a mejores oportunidades esas que a él, en muchos casos, también le han faltado.

Ha estado con su corno francés en los cacerolazos artísticos que se han desarrollado en la ciudad de Cali, pero dice no estar adscrito a ninguna colectividad política, "porque esta no es una marcha de tinte político, sino de tinte social" para exigirle al Gobierno un cambio.

Tiene claro que la mejor manera de pronunciarse es a través de su música, "porque la mejor forma de protesta es desde lo que uno hace" y como él mismo manifiesta, la música es todo lo que tiene para dar.

Álvaro interpreta el corno francés y hace parte de la Orquesta Sinfónica. Foto: cortesía Álvaro Herrera

El 28 de mayo, en conmemoración al primer mes del paro nacional y dando apoyo a la protesta social, se desarrolló un cacerolazo sinfónico, un evento que fusionó lo simbólico de la cacerola como ícono de la protesta y el talento de los músicos de la Orquesta Sinfónica de la cual es parte. Antes se habían presentado en Siloé y la Loma de la Cruz, llamada hoy la “Loma de la Dignidad”, y con ansias de presentarse en todos los puntos de resistencia de la ciudad, realizaron un último encuentro en la Universidad del Valle en el punto conocido como Uniresistencia”.

El cacerolazo sinfónico, que no era más que un concierto, fue un evento pacífico conformado por más de 70 músicos, con una tarima como cualquier actividad de este tipo, y tanto Álvaro como sus compañeros buscaban alzar su voz de protesta a través de sus instrumentos.

Entradas las 3:00 de la tarde, después de casi dos horas de haber iniciado el concierto, a los músicos les informaron sobre un problema de orden público que se había presentado en el barrio Ciudad Jardín, en inmediaciones a la Universidad del Valle, por lo que por su propia seguridad debieron desalojar.

Hizo parte del cacerolazo sinfónico que hubo ese día en la ciudad

Álvaro dice que se escuchaban disparos y, lejos de imaginarse lo que le esperaba, siguió la orden que le habían dado y emprendió rumbo a su casa, también al sur de la ciudad. Salió caminando al no contar con un medio de transporte y, en la ruta, al llegar a la Avenida Cañasgordas vio un fuerte contingente de policías que estaba disparando. Empezó a grabar la situación, donde lo que más le sorprendió es que había civiles con armas de corto y largo alcance.

Eran las 4:00 de la tarde cuando vio algo que él mismo cataloga como "algo que no tiene explicación": civiles custodiados por la policía disparando contra los manifestantes, manifestantes que protestan por falta de oportunidades y que están en la primera línea luchando por un país mejor.

"Empecé a grabar durante varios minutos y muchos de los que estaban disparando retrocedieron, entre ellos, la persona que me increpó apuntándome con su arma". Ante la evidente amenaza que había en contra de su vida en ese momento, tomó una piedra para tratar de defenderse y discutió con quién lo amenazaba.

"Bajé la piedra", le dijo quién lo increpó. "Baje el arma", le contestó Álvaro. "Baje el arma que no estoy haciendo nada. Déjeme quieto, estoy tranquilo, estoy grabando".

En Ciudad Jardín se vieron civiles disparando custodiados por la Policía

En ese momento llegaron más de los civiles que estaban disparando. Entre todos lo asaltaron, lo agredieron, le pegaron dos golpes en la cabeza con la empuñadura de las pistolas. Luego, después de varios minutos de agredirlo y tenerlo sometido en el suelo, lo levantaron atravesando la carrera 100 para entregárselo a dos oficiales de la Policía. Lo esposaron, lo tomaron del brazo acusándolo de guerrillero y vándalo y en ningún momento lo escucharon, pues él les trataba de explicar que solo es un músico, no un vándalo.

Mientras era trasladado hacia una patrulla, los civiles que habían estado disparando aplauden, algo que a él le parecía inaudito. Antes de llegar a la patrulla, estando ya esposado, los policías intentaron ingresarlo a una camioneta blanca de alta gama que había en el lugar, y uno de los oficiales dijo: "y por qué no lo desaparecemos".

Finalmente fue conducido a la patrulla donde también recibió agresiones y fue trasladado al CAI de la María. Al llegar al lugar, los policías lo agredieron, lo empujaron hacia unas bancas que hay a las afueras de la estación, y al ingresar a esta le volvieron a pegar. Lo violentaron verbal y físicamente y en ningún momento, pese a estar esposado y "capturado", le leyeron sus derechos ni le revisaron las heridas, solo le limpiaron la sangre.

 

Los policías le pegaron en diferentes partes del cuerpo, lo obligaron a acostarse boca abajo, a sentarse y, bajo tortura, a autoincriminarse.

"En el momento en el que recibía agresiones físicas, uno de los policías sacó un celular con flash y empezó a grabar. Empezó a preguntarme, ¿usted qué estaba haciendo?" Álvaro respondió que era músico y que venía del cacerolazo por lo que pararon la grabación. "No, eso no es lo que usted tiene que decir", le dijo el oficial y lo volvieron a golpear. Le preguntaban ¿quién le pagó? a ¿quién pertenece? y por qué estaba vandalizando el CAI de Ciudad Jardín que había sido incinerado horas antes; hechos que ocurrieron cuando Álvaro se encontraba tocando en el cacerolazo con sus compañeros, quiénes también dieron testimonio de que era inocente.

La policía le pidió que testificara que era un vándalo y que había estado en los disturbios de Ciudad Jardín, que pertenecía a grupos, tal y como aparece en el video qué fue difundido a través de las redes sociales. Junto con él retuvieron a cinco personas más ese día, uno de ellos se encontraba herido de gravedad.

En ningún momento hicieron el proceso judicial que establece la ley para legalizar su captura; sin embargo, era acusado de actos como: porte ilegal de sustancias inflamables, pero no había ninguna prueba que lo demostrara.

Temía por su vida o, que víctima de los hechos, terminara siendo uno más en la lista de desaparecidos, hasta hoy 346 según la ONG Indepaz.  Temía por su integridad física y lo que pudieran hacer con él. Pese a las múltiples agresiones físicas y verbales que recibió por parte de la Policía, Álvaro hizo la salvedad de que no todos fueron malos, incluso durante su detención habló con un agente que decía sentirse adolorido por lo que estaba pasando.

Luego de grabar el video donde se autoincrimina obligado por los oficiales, horas más tarde, al CAI llegaron miembros de la Personería y la Defensoría para conocer la situación. En ese momento logró llamar a su mamá para avisarle que lo habían detenido, corriendo la voz entre sus amigos y familiares, quienes se encargaron de visibilizar este hecho y la violación a derechos humanos de la que era víctima.

La Universidad del Valle emitió un comunicado oficial dando fe del buen nombre de Álvaro

Del CAI de la María lo trasladaron a la URI de la Fiscalía ubicada en el centro de la ciudad. Allí le tomaron declaraciones a él y a los otros cinco detenidos y, finalmente, se demostró que su captura había sido ilegal, por lo cual fue dejado en libertad.  

Aunque no tiene procesos en su contra, sí adelanta una denuncia en contra de la policía y las personas que lo agredieron; en la Procuraduría para una investigación disciplinaria y en la Fiscalía para una investigación penal.

Pese a toda esta dura situación, Álvaro pide una sola cosa y recoge la propuesta de la primera línea: verdad, justicia y no repetición. Verdad para esclarecer estos hechos de violencia y violación a derechos humanos; justicia para las víctimas, y no repetición para que las autoridades no sigan abusando de su poder y violentando a la población.

"El cambio debe hacerse" dice tras haber superado este episodio, pero recalcando que el país necesita una transformación social donde la guerra no puede continuar siendo el camino. "Esto es una lucha de todos", por eso insiste en que se necesitan políticas que garanticen el progreso de los colombianos.

"Los jóvenes tenemos el deber de tomar las riendas del país y empezar un nuevo cambio desde lo que hacemos", por eso hoy más que nunca está decidido en seguir apoyando esta lucha del pueblo, de los colombianos, de todos.

Él seguirá llevando música a la protesta social, porque está convencido de que lo que está pasando ahora va a llevar a encontrar la paz. "Gracias a Dios estoy vivo" y por todos aquellos que no llegaron a sobrevivir, o que hoy están desaparecidos, seguirá alzando su voz y le pide al Gobierno que escuche a los jóvenes que están hoy poniendo su pellejo en busca de mejores oportunidades. A quienes siguen en las calles les pide que resistan para lograr el cambio que el país tanto necesita.

Álvaro pudo volver a abrazar a su mamá tras recuperar su libertad. . Foto: cortesía Álvaro Herrera.

Temblores ONG había registrado hasta el 28 de mayo 3.405 casos de violencia policial, 1.445 detenciones arbitrarias y 43 asesinatos presuntamente cometidos por la fuerza pública durante el paro, aunque podrían ser muchos más.

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